Autor: Ray Bradbury.
Primera edición: 1953.
Valoración: Obra maestra.
«Fahrenheit 451: la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde…»
Seguramente la mayoría de los aficionados estarán de acuerdo conmigo en la afirmación de que las joyas de la corona en el reino de las distopías son cuatro: 1984 (George Orwell, 1949), Un Mundo Feliz (Aldus Huxley, 1932), La Naranja Mecánica (Anthony Burguess, 1962) y Fahrenheit 451.
Según las estadísticas, cerca de la mitad de los españoles no lee nunca o casi nunca, y una gran cantidad de los que lo hacen no salen de la literatura de consumo de masas o de la prensa deportiva y panfletaria. La sociedad y, por extensión, la globalizada, abunda en medios para comunicarse. Las redes de telecomunicación permiten a los seres humanos, por primera vez en la Historia, comunicarse entre sí prácticamente con los únicos límites del lenguaje. Sin embargo, paradójicamente, esta comunicación es cada vez más pobre, más superficial, la información llega a las masas tremendamente sesgada a causa de intereses bastardos, económicos y políticos. La televisión, por ejemplo, no profundiza en la información, ni invita al cuestionamiento de lo que expone. Incluso en los sectores mejor formados el lenguaje se usa mal y se razona poco, abusando de ideas prestadas y polarizadas. Como resultado, un mundo de mentes adormecidas, frágiles y condescendientes.
Estamos hablando de una novela de 1953 y, sin embargo, toca de lleno aspectos de la manipulación informativa, de la sociedad de consumo, de la libertad de pensamiento y de expresión que están presentes plenamente en la actualidad. A través de su protagonista, Guy Montag, descubrimos una de las sociedades imaginadas más oscuras y opresivas. Los bomberos no apagan fuegos, sino que queman libros y persiguen a los disidentes que los leen con una angustiosa criatura, el Sabueso Mecánico. En la sociedad de la novela, leer es una actividad innecesaria y perjudicial, una enfermedad contagiosa que hay que extirpar. El mundo se halla inmerso en una larga guerra por la que los ciudadanos no se interesan en absoluto, absortos como están en su vida placentera, vacía e ignorante… hasta el previsiblemente trágico final.
Leer Fahrenheit 451 es rozar con los dedos la verdad al pasar sus páginas. Ésta golpea la conciencia en muchas frases memorables de las que se podrían citar un gran número. Bradbury consigue lo que pocos en la historia de la Literatura, sublimar el medio mismo en el que está escrita la historia para convertirlo en su protagonista, en una especie de metalenguaje. Cervantes lo hizo con Don Quijote, si recordamos el capítulo de la quema de los libros del hidalgo. Esto es porque nos habla de la importancia que supone la transmisión de
conocimiento a través de la palabra escrita, algo que, a pesar de sus casi 6000 años, sobrevive a la tablilla, al pergamino, al papel y a las computadoras. Y al inservible iPad, dicho sea de paso.
Pudiera parecer en un primer momento que la novela trata acerca de la censura directa por parte de un gobierno autárquico. Nada más lejos de la realidad. El propio Bradbury así lo desmintió al ser preguntado por ello en relación a la caza de brujas reinante en los EEUU del macartismo, el contexto en que la escribió. Se trata de algo más profundo y eficaz, de la extirpación del propio pensamiento reflexivo. Gracias a ello no hace falta censura ninguna.
«No es extraño que los libros dejaran de venderse, decían los críticos… La tecnología, la explotación de las masas y la presión de las minorías produjo el fenómeno… Gracias a todo ello, uno puede ser feliz continuamente, se le permite leer historietas ilustradas o periódicos profesionales».
¿No es eso lo que dicen determinados “iluminados” cuando se habla de la telebasura y los best-sellers de baja calidad, que los medios deben darle a la masa lo que pide?. En Fahrenheit 451 se señala un posible futuro derivado de esta forma de pensar:
«… la palabra “intelectual”, claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser… Hemos de ser todos iguales… Entonces, todos son felices, porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables».
Los que hayan visto la película Los Gritos del Silencio de Roland Joffé (recomendada), basada en la dictadura de los Jemeres Rojos (Camboya, 1975-79), entenderán esto bien. En aquel infierno real el gobierno buscó la destrucción de la cultura y la civilización con el fin de lograr una sociedad homogénea. Los jefes eran los niños, que aún no se habían contaminado de conocimientos.
La anulación del razonamiento crítico y del pensamiento reflexivo, aún de forma voluntaria, tan sólo favorece el sometimiento de las personas a los dictados de otros. ¿Llegaremos algún día a este estado catastrófico de barbarie? La mejor medicina contra esto es enunciada en Fahrenheit 451: leer “bien” (esto es, leer de todo, no sólo lo que ofrece el mercado mayoritario), tomarse tiempo para reflexionar y actuar en consecuencia. Porque siempre habrá alguien arriba que nos dictará qué es lo aceptable para ser felices (por supuesto no cuestionarse nada, ya que los que lo hacen son unos raros presuntuosos), que pretenda que vivamos rápido para actuar conforme a ideas de otros, sin tiempo para desarrollar las nuestras, y que nos impida realizar nuestros deseos, cohibidos por la presión y prejuicios de nuestros “iguales”.
«¿… por qué los libros son odiados y temidos? Muestran los poros del rostro de la vida. La gente comodona sólo desea caras de luna llena, sin poros, sin pelo, inexpresivas».
La única adaptación al cine hasta el momento de esta novela la realizó François Truffaut, exponente de la Nouvelle vague, en 1966. La película recoge sustancialmente la mayor parte de lo que el libro pretende expresar con bastante elegancia y buen gusto, con detalles ingeniosos como el hecho de que no aparece un sólo caracter alfabético escrito en ella, ni siquiera en los créditos, que son hablados. Se recrea, como en la novela, en el amor por los libros, como queda patente en su emotivo final.
Se espera próximamente una segunda adaptación al cine (echémonos a temblar). Asimismo ha salido publicado un cómic recientemente.
Alejandro J.